Ángel Pelayo Gordillo | Sábado, 19 de Marzo de 2011 08:59 | Ángel Pelayo

El alcalde de Mérida, D. Ángel Calle, ante la imposibilidad de hacer frente a la deuda contraída con Correos, ha revelado ante los micrófonos de una conocida emisora de radio que el Ayuntamiento ha decidido sacar a concurso un nuevo contrato para el reparto de la correspondencia municipal durante los próximos cuatro años.
“Al correo le debíamos dinero”, declaró. Acaso impulsado por el vehemente deseo de zafarse de sus responsabilidades equivocó el tiempo verbal, porque no “debíamos”, sino que “debemos” dinero y no poco: lo que no sabemos es cuánto, porque el importe exacto de la deuda con proveedores del Ayuntamiento de Mérida es uno de los secretos mejor guardados del mundo, como la fórmula de la Coca-Cola o el asesinato de Kennedy.
Ni siquiera la acreditada tenacidad de mi amigo Fernando Molina, portavoz del Grupo Popular, consigue penetrar este arcano misterioso: siempre me lo encuentro de acá para allá, intentando conseguir los confusos e incompletos datos que cicateramente le oculta el muy transparente equipo de gobierno socialista.
“Correos ha tenido una actitud que me parece poco elegante” –continuó diciendo Calle en su entrevista-, “de comunicarnos por escrito que o pagábamos, o cortaba”, comentario por demás impertinente: a mi modo de ver el director de Correos, D. Antonio Llamas, cumple con su deber y actúa correctamente reclamando lo que se le adeuda y por escrito, como corresponde hacer cuando alguien se dirige a la Administración.
Distinta es la actitud del señor Calle, que no atiende a los acreedores del Ayuntamiento aduciendo argumentos peregrinos: “¡Somos jóvenes!”, exclamó desenfadadamente para justificar su decisión de posponer “sine die” los pagos de la deuda postal.
Correos es muy dueño, al no ver satisfecha su deuda, de reservarse el derecho de no atender en lo sucesivo los encargos de tan improbable cliente; tan dueño como es el señor Calle de convocar el concurso referido si la ley se lo permite. Pero para obrar con la elegancia que invoca, este último debería hacer ante todo dos cosas: la primera es pagar a Correos lo que le debe, verdadera demostración de un comportamiento distinguido; y la segunda, abstenerse de tomar decisiones a largo plazo dos meses antes de unas elecciones que pueden colocarle de nuevo en la oposición: es lo mínimo.
Muy pronto, pues, un nuevo heraldo nos entregará las cartas del Sr. Calle. Las de su jefe de filas, Zapatero, las traerá acaso otro mensajero, pero ambas nos conminarán del mismo modo a apoquinar los muchos impuestos con que tanto nos alegran la vida y que tan poco les cunden. No sé ustedes, pero yo en ese momento, y segundos antes de cumplir fielmente con mis obligaciones fiscales, me sentiré tentado de imitar el ejemplo de Calle, deplorar su inelegante impaciencia y contestarles por el mismo mensajero: “Ya les pagaré cuando pueda, señores: somos jóvenes”.



































