Actualidad Extremadura | Lunes, 11 de Abril de 2011 09:09 | Ángel Pelayo

Decía Sir Winston Churchill que un político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones, y algo por el estilo diferencia al simple votante del ciudadano responsable: a veces contemplamos las elecciones como si de un partido de fútbol se tratara, en el cual lo más importante no son las consecuencias de nuestro voto sino la satisfacción inmediata de vencer al adversario y de ver ganar a “los nuestros”.
Yo propongo a mis amables lectores que, ante esta grave situación, todos hagamos un saludable ejercicio de conciencia cívica: aviso de que no es un entrenamiento fácil, pero pongamos por un momento en cuarentena nuestras legítimas querencias ideológicas –en la medida de lo posible-, y reflexionemos acerca de las consecuencias que nuestro voto tendrá para nosotros mismos y para nuestros conciudadanos durante los próximos cuatro años. Pensemos en el día después de las elecciones, más que en las elecciones mismas.
Informémonos y contemplemos con objetividad si nuestros recursos han sido correctamente administrados, si se nos ha exigido el esfuerzo económico justo para lo realizado, y si las promesas electorales han sido cumplidas o no por quienes nos gobiernan.
No otorguemos alegremente nuestro voto. Seamos exigentes y hagamos cuentas: cuando elegimos a nuestros representantes políticos elegimos a nuestros administradores temporales. ¿Cuánto dinero hemos puesto en sus manos? ¿Sabemos los emeritenses cuánto dinero ha pasado en este mandato por las manos del Ayuntamiento? Les daré una cifra “grosso modo” que acaso ignoren: fluctuando el presupuesto municipal emeritense entre 65 y 70 millones de euros anuales, multiplicado por cuatro años, más la deuda que me aventuro a situar entre 55 y 60 millones, nos encontraríamos con unos 315 millones de euros (unos cincuenta y dos mil millones de pesetas). ¿En qué se han invertido o gastado? ¿Se ha enriquecido, embellecido y engrandecido la ciudad en proporción a estos recursos, o estamos igual o peor que estábamos?
¿Se han ofrecido explicaciones de la gestión adecuadamente, o se han hurtado u ocultado las cuentas? ¿Son convincentes las excusas en caso de incumplimiento? Miremos más allá de nuestra ciudad, y comparemos proyectos y resultados: ¿Estamos más endeudados que nuestros vecinos en proporción al número de habitantes? ¿Tenemos más y mejores servicios?
Volvamos la vista atrás y, como elemento de juicio, comparemos: ¿es la actual administración mejor o peor que la precedente para el común bienestar? ¿Son sus responsables más competentes y resolutivos que los anteriores -que presentarán nuevas propuestas o equipos-, o menos?
Después de este ejercicio, volvamos a vestir el legítimo traje ideológico y hagámoslo con orgullo, pero seamos responsables: no prescindamos de criterios objetivos para refugiaros únicamente en el mundo de las hermosas ideas, aceptando excusas y promesas que se saben inviables. Meditemos nuestro voto y participemos, porque el peor castigo para quienes no se interesan por la política es ser gobernados después por personas sin principios.

Tweet
Compartir
Caja de comentarios de Facebook para Joomla


































