Actualidad Extremadura | Martes, 25 de Enero de 2011 11:53 | Pepe None

Después de recuperarme de una fuerte bronquitis, fui invitado a una matanza y hoy quiero recordar cuando en mi infancia este sacrificio del cerdo solucionaba los problemas alimenticios de una familia durante todo el año.
Era una época en la que no sobraba nada , más bien hacía falta, (¡vamos, como ahora!), porque no me negarán que en esta precaria situación económica que viven muchas familias hay quién la compara con los años 40 o 50 que vivió España en esa transición de la guerra civil.
Recuerdo aquellos años de mi iniñez en el Coto de Vera dónde mis tíos Jerónimo y Andrea estaban de guardeses, por este motivo era en esta finca dónde mis padres mataban cada año dos cerdos. Estas matanzas como en muchas casas de los pueblos extremeños era todo un acontecimiento familiar y festivo. Toda la familia desde muy temprano se reunían para ayudar al matarife a subir al cerdo a la mesa del sacrificio. A toda la chicandad, si nos dejaban nos gustaba raspar la piel del animal que se chamuscaba con abulagas, ahora ya se hace con gas butano.

Entrañable era también el momento del desayuno. Familiares y amigos entre chistes, bromas y canciones se reunían alrededor de un gran caldero dónde mi tía y mi madre habían hecho unas deliciosas migas, no faltaban las aceitunas machadas y las copas de aguardiente. Después del desayuno se habría el cerdo y de iba descarnando.

Las mujeres y los niños con las tripas del animal en un baño solíamos ir a un regato por dónde corría el agua cristalina que llenaba un pozo que había la lado, allí empezaban a limpiarlas. Los niños deseábamos que limpiaran las vejigas que inflábamos y usábamos como pelotas. Los demás productos del cerdo se iban apartando en artesas, que las recuerdo de todos los tamaños, desde la más grande hasta la más pequeña, donde después se ponía la carne picada para chorizos, rojos o blancos , patateras , lomos, solomillos, paletas y demás delicias del animal, pues se aprovechaba todo, como dice el refrán: “desde el morrito hasta el rabito y me gustan hasta sus andares”. En estas artesas después de la carne ya guisada se quedaba hasta el día siguiente para que tomara todo el sabor de su guiso y se empezaba a embutir. Mientras, se iban preparando las hojas de tocino, que se guardaban en sal, se limpiaban los jamones y se cocía la morcilla mondongo, que se hace con la sangre y el tocino del cerdo.

La verdad que todo esto lo recuerdo con nostalgia y vienen a mi memoria los momentos vividos con miembros de la familia que ya no están con nosotros, por eso cuando me invitan a una matanza llamada didáctica como la del restaurante “El Paraíso” de Almendralejo, “El Clavo” en Valencia de Alcántara o la del Instituto Santa Eulalia en Mérida algo en mi interior me hace emocionar por todos estos momentos vividos en mi infancia.
Hoy en día en pocos hogares de los pueblos rurales de nuestra Comunidad se hacen las matanzas, no sé si por comodidad o porque prepararla se pone ya en un pico. Las tripas, los ajos el pimentón, la patata y otros productos que hay que comprar han subido bastante y si antes solucionaba la papeleta alimenticia de muchos hogares, hoy puede suponer un gasto extra para cualquier familia.

Por otro lado parece ser que el reconocimiento del cerdo tiene en algunos pueblos problemas ya que sólo un día determinado es cuando se puede reconocer.
De cualquier forma no se podría colgar todos los productos del cerdo después de embutidos en un piso como mis padres lo hacían en la gran cocina que teníamos en la calle Holguín , los tiempos son otros y ya tenemos más comodidades, por lo tanto todo influye para qua haya decaído este tradicional sacrificio del guarro que antes estaban deseando hacer algunas familias y como digo en el titular estas temperaturas que ahora tenemos que no son ni más ni menos que las que tiene que haber en este tiempo, que además vienen muy bien para curar la matanza quién la tenga

Aunque estamos volviendo a esa época en la que se decía que era época de comer cardillos y cosas de la matanza, como las costillitas adobadas y la cachuela en tostadas.
No sé si este sacrificio del cochino volverá a tener el mismo auge que tuvo en tiempo, porque también es un acto social en el que se encuentran no sólo familiares sino muchos amigos que después alrededor de un buen cocido con coles se cuentan como le va la vida entre bromas y chistes. Así ha ocurrido hace unas semana en Torremayor, donde una peña de amigos recordaron la matanza extremeña y se comieron todo el cerdo.
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