Rafael Angulo | Martes, 09 de Noviembre de 2010 18:15 | Rafael Angulo

Yo, sin ir más lejos, tengo cinco hijos y aunque son míos no les he puesto el nombre, cuando no ha sido la madrina han sido los hados, el día o su santa madre, o sea que no sé de qué se queja el novelista por un título de portada.
Además, esas ínfulas titulitarias de Tomás la verdad es que no me convencen, no. Si no le gustan mis títulos, como al parecer anda comentando por ahí entre manteles –que paga él-, pues que se ponga otro y a otra cosa, mariposa (aunque quizás las lepidópteras sean la menos acertadas de las imágenes para este hombre).
En todo caso, me he leído lo de Encinares en sus 282 páginas y, créanme, eso es escribir. Aquí coincide escribir con ser escritor, aunque no sea lo mismo. Por eso ser escritor humaniza, porque consigue hacernos compartir cuanto viven, crean y escriben, claro.
En esta historia novelada, muy visual pues consigue darnos una imagen cinematográfica de lo que cuenta, se cumple un viejo axioma de la escritura: “Mala vida, buenas historias” y lo logra mediante un estilo directo, encuentra una vida, un misterio, y lo explica.
Aunque, bien mirado, el cine, el lenguaje visual, nunca podrá explicar tanto y tan profundo como la buena literatura. Ninguna imagen es tan profunda como nuestra imaginación, esa loca de la casa que Tomás espolea y ha puesto a andar por Extremadura, por sus dehesa y cortijos, por sus pantanos y sus ocultas intenciones. Eso, insisto, es escribir.
Probablemente, aunque cite otros motivos, algo de autobiográfico debe tener esta historia, pues lo único que logra quitar el sueño es lo que uno ha vivido realmente, eso de lo que un autor no puede librarse…hasta que lo escribe y, en su caso, tengo para mí (por más que lo niegue el escritor) vida y literatura tienen mucho que ver, que no se puede traducir por ser fiel a la memoria personal pero sí envolver en el manto de la niebla, bien tirado ahora que amanecemos con ellas, donde empieza la vida y donde termina la literatura.
Me sigue sorprendiendo, gratamente, el tratamiento estudiado de los personajes secundarios en las novelas de Martín Tamayo, algo que ya en su anterior Poncio Pilatos se entreveía y que aquí ha ido superando en profundidad, cómo aborda los acompañantes, personajes que se mantienen a lo largo de toda la novela o algunos espontáneos que no aparecen por casualidad, cuya presencia deriva, en ocasiones, en una mezcla de soledad, extrañeza o perplejidad, pero no deja inmune a la indiferencia.
No me gusta, y así se lo haré saber, esos personajes políticos (metáfora en Poncio Pilatos y radiografías explícitas en esta novela) que le deben salir de los entresijos del alma (otra explicación no encuentro a la presencia del antaño mandarín).
En fin, esta historia del cortijo Ojeda y sus alrededores suponen, en otro orden de cosas, un motivo más que merecido –hoy, ahora- para que Tomás sea académico de la correspondiente extremeña.
Sólo falta añadir que no lo van a nombrar, como tampoco al prestigioso filólogo dombenitense Manuel Casado, porque en la Academia (que por lo oído se sitúa por Trujillo) a veces hay mucho pesebre y poco intelecto. También es verdad que él no lo va a pedir, prefiere escribir y trabajar (si algo no le falta es eso: literatura y empleo).


































