Rafael Angulo | Sábado, 20 de Noviembre de 2010 19:13 | Rafael Angulo

Seguro que había crucifijos en clase, pero de eso no me acuerdo, no me han dejado trauma ni veo malamente a mis compañeros de entonces. En mayo, íbamos con flores a María y veíamos un catecismo con tapas rojas y un dibujo de Jesús montado en una barca impartiendo cultura. Tampoco eso me ha dejado perturbación alguna, de hecho en mayo, y en cualquier mes, sigo cantando a la Madre de quien está en el crucifijo.
Ahora les ha dado a algunos por dejarse traumatizar por algunas cosas, depende de dónde estén y de quien esté delante (o detrás). Aquí hay gente capaz de vestirse de rey mago el 5 de enero por la noche, que para eso se tiene la prerrogativa de ser concejal, de remover Roma con Santiago (apóstol) para que sus hijos sean pastorcillos del Belén viviente del colegio y, después recurrir al TSJ para quitar un pequeño crucifijo que llevaba allí desde tiempos inmemoriales (2010 años aproximadamente).

Claro que, ignorante de mí, olvidaba que los reyes magos y el belén viviente son “actividades culturales”. Es lo que tiene la cultura. Supongo que cuando se casaron por la iglesia, bautizaron a sus hijos y festejaron su primera comunión lo harían por interés cultural, de la cultura dominante.
Es un suponer que detrás de la quitada del crucifijo vendrá la justa y consecuente reivindicación, con recurso al TSJ y al Supremo si hace falta, de la desaparición de las vacaciones (la fiesta es otra cosa) de Semana Santa, Navidad, Todos los Santos y Carnaval (que no existiría sin lo otro). Cuando digo Supremo no me refiero al Padre del Crucificado sino a unos señores con toga que, a ritmo de tortuga, sentencian a quien se puede colgar (secundando a Poncio Pilatos).
¿Por qué les molestará el crucifijo? ¿A qué está intransigencia, fanatismo laico, cultura de pacotilla?. A mí, que soy un inculto, me parece sectaria, excluyente, cobarde, radical y antidemocrática la religión laica que nos quieren imponer para sustituir a la del Crucificado. Olvidan que el crucifijo no está vacío sino que pende de él, colgado del madero, el Hombre al que recordamos en las paredes. Aquel nos pide que nos esforcemos por ser mejores personas, que es ser buenos ciudadanos Cómo sería, como es, que hasta nos pide que queramos a quienes quieren quitarle y, quedamente, nos susurra. “Tú, no sea algarrobo”.


































