Lunes 21  de  Mayo   de  2012

Tomás Acosta: Lectura en el parque


 

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Tomás Acosta

Contemplaba las huellas de un gatito en la arena del parque. En pocas horas el viento, las huellas de otras personas o el rodado de una bicicleta las habrían borrado. Pero ahora, el modesto espectáculo le transmitía una ternura inmensa, como si el trazo fuera eterno y no fuera necesario otro paseo gatuno para que volviera a ser visto sobre el suelo. En unas horas aquello estaría inundado de niños. Carreras, alegres chillidos y flequillos sudados, llenarían de alegría el entorno del lugar. En ese momento, tan sólo gente que iba y venía, y alguna mamá con su bebé en el carrito, buscando el relax propio y del retoño, habitaban el lugar.

Se levantó del banco e inicio su marcha. En unos minutos estaría de regreso en su oficina. Aprovechaba el rato del desayuno para sentarse un rato a leer el periódico, siempre en el mismo banco. Siempre que hiciera buen tiempo. Había adquirido esa costumbre cuando era un lector compulsivo de novelas. Así era como pasaba su tiempo libre, en casa, después de charlar con su esposa, ayudar a los críos en las tareas del colegio y despachar los cuatro asuntos domésticos.

Era la hora de, con la lavadora funcionando en tarifa nocturna, sentarse en torno al televisor. Ese momento lo aprovechaba para adelantar lo que tuviera entre las manos, fuera Cela o William Faulkner. Continuaba un rato más en la cama, pero había aprendido a cortar a tiempo para dormir las horas suficientes. Más joven se enfrascaba en la lectura la noche completa y después iba al clase o, más adelante al trabajo sin dormir. A pesar de que sólo lo hacía en escasas ocasiones al mes, descubrió que era mala técnica. Primero dormir lo suficiente y después la lectura.

Ahora, después de haberse leído cientos de títulos, atravesaba una época de descanso literario. Pero conservaba la costumbre de pararse en el mismo banco a relajarse en medio de la mañana con su diario entre las manos. Leía las noticias con interés, amagaba con hacer el crucigrama y terminaba levantándose precipitadamente cuando la alarma del móvil, único procedimiento que tenía para no regresar tarde al despacho, le avisaba de que el rato de expansión había finalizado.

De camino a sus quehaceres, pasaba a pensar en otras cosas. Casi todas relacionadas con las cosas que debía acometer antes de finalizar su jornada matutina. La mañana, parte más larga de su jornada, era la ocasión más amplia de poner al día los asuntos pendientes. En la empresa volvían por la tarde, a rematar el trabajo, pero si no comenzaban la mañana con ahínco, difícilmente podían acabar puntualmente por la tarde los deberes.

¿Sería capaz de meditar con la misma lucidez sobre las tareas pendientes? Se daba cuenta de que, en algunas ocasiones, tras enfrascarse con exceso en la rutina, había concluído el día sin planificar correctamente su trabajo. Había aprendido de los japoneses, que durante la jornada laboral realizan un ejercicio gimnástico de “katas” gregarias, en las que el grupo se cohesiona y descansa antes de acometer de nuevo sus tareas diarias.

El suyo era un ejercicio más intelectual. Acostumbrado desde muy pequeño a las letras, dejaba el deporte para otros momentos del día, apartado ya, por unas horas, de las obligaciones profesionales.

Continuaría visitando el mismo parque y el mismo banco. En soledad, buscando la paz y la reflexión y casi siempre, después de esta actividad, a la que consideraba también una obligación para el bien hacer laboral, veía todo más claro y más simple.



















Tomás Acosta: Lectura en el parque

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