Actualidad Extremadura | Lunes, 27 de Junio de 2011 11:50 | Tomás Acosta

La imagen parlante trataba de explicar lo sucedido en la mañana, en el tiempo medido de un informativo de televisión. Aún conservaban su Radiola de plástico y madera que ahora apenas usaban salvo para ver algún DVD. Se habían comprado un moderno LCD, que les daba el apaño para adaptarse a la era digital.
Terminaron de comer y recogieron los cuatro platos con sus cubiertos. Cada uno diferente. Suele ocurrir en muchas casas, dónde se utilizan cuberterías modernas y más económicas que las de antes, que se mezclen colores y formatos para un mismo comensal. Queda cool. Nada que ver con aquellos elegantes juegos de cubiertos de la Cruz de Malta, que duraban para toda la vida, siempre los mismos tenedores, cucharas y cuchillos sobre la misma vajilla.
Cuando regresaron de la cocina, la loza estaba lavada y el telediario anunciaba otra semana de cargante calor. Las altas temperaturas continuarían igual, si no subiendo. Los chicos apañaron sus video-juegos y ordenador (bendita edad que percibe el cansancio) y ellos dos se acomodaron en prácticos sillones tapizados en tela lavable. Era la hora clave.
Poco a poco, los párpados comenzaban a sentir una especie de agujetas, pasajeras a cambio de un cierre obligado. Los últimos comentarios del hombre del tiempo, se mezclaron ya con un primer gruñido de abandono. Algún suave ronquido, anunciaba a los pocos minutos la inevitable siesta veraniega.
Los chicos se miraron de reojo y a uno de ellos se le escapó un soplido, casi una pedorreta, los labios apretados para impedir la risa.
Sólo se oía el teclear de los aparatos juveniles y, en muy bajo volumen, los primeros diálogos de una serie de producción nacional. En sueños, él se suponía junto a dos mejicanos tapados con sus enormes sombreros, dormitando apoyados en el colorido muro de una vivienda de una planta. El sonido del ventilador le daba a ella bellas inspiraciones playeras. Se veía sobre la arena, adormilada por la caricia de la brisa marina. El momento era paradisíaco.
No usaban sus móviles ni despertadores para salir de ese ensueño. Estaban más que acostumbrados a dormir el tiempo medido: no más de media hora. El había pasado muchas siestas, en su etapa de obrero de la construcción, reposando su cabeza de albañil sobre el duro casco. En aquella época, aunque parezca mentira, le cundía muchísimo esa limitada fracción de tiempo que dedicaba al descanso. Será que era más joven.
Ahora, dedicado a tareas más descansadas, tenía además el privilegio de poder dedicar esos minutos a Morfeo en su propia casa. Las cosas habían cambiado, tenían más canas, algún achaque sin importancia, pero aún mucha vitalidad para hacer uso de su vida. Todavía quedaba mucho para la jubilación, y ambos sacaban tiempo para, después de la jornada laboral ir al gimnasio o a un buen paseo. Los jueves y el fin de semana, alguna cervecita de mediodía caía, sacrificando el reposo de mediodía.
Ella abrió los ojos de repente, las cuatro y media, hora de ponerse en marcha si no quería llegar tarde al trabajo. Se acercó delicadamente al sillón de él y lo besó largamente en la frente. El abrió unos sorprendidos ojos, a los que acompañó rápidamente con una tierna sonrisa.
¿Vamos?-preguntó ella sonriendo ampliamente
Venga, te dejo de camino-contestó él desperezándose escandalosamente, abriendo exageradamente sus brazos..
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