Actualidad Extremadura | Lunes, 04 de Julio de 2011 11:05 | Tomás Acosta

Otoño de 1980. El curso 80-81 del Instituto Santa Eulalia, nocturno, comienza a recibir los primeros alumnos. Lo que hoy es recinto monumental, Área funeraria de los columbarios, entonces era la Era del Instituto. O de El Latero, aquel entrañable personaje, habitante de un mausoleo (de esos que la gente confundía con bodegones por su forma cónica y su situación semisubterránea) y de quien ya glosamos en su momento en otra de estas humildes columnas. Este espacio, era la conducción arenosa, más que terrera, de los que asistían al centro educativo. Normalmente en solitaria arribada. Pero también, en parejas o pequeños grupos, en los que la animada conversación, y las bromas escolares propias de la etapa juvenil, acompañaban los últimos minutos de trayecto antes de entrar en las aulas. Andando abundaban más los jóvenes, de edad similar a la del turno de día, ya que los más adultos acudían a obtener su título, nunca es tarde, en su propio coche, tras la jornada laboral. Los Seat Ritmo, los Simca 1200 y los Renault 12 compartían aparcamiento con modelos similares de los profesores.
Se mezclaban en las clases repetidores, padres de familia, amas de casa que, tras pasar el día atendiendo a la familia, pasaban esas horas persiguiendo la mejora académica. También estudiantes regulares que habían encontrado un trabajo o un aprendizaje, dependientes de comercio deseosos de prosperar, cajeras de supermercado soñando con llegar a la universidad y adolescentes de toda condición que de este modo tenían el resto del día libre. Y era curiosa la familiaridad que se creaba a pesar de ser tan heterogéneos, tan distintos.
De hecho, aquellos cuarentones matriculados de noche para ser futuros bachilleres, no adoptaban una actitud paternalista con los compañeros adolescentes, presas del acné y la movida. Más al contrario, el compañerismo era inquebrantable, compartiéndose apuntes, opiniones y temores. De ese modo, los maduros pupilos, tal vez por una actitud de inteligente humildad, sin dejar de expresarse y comportarse como mayores, se acomodaban al mixto entorno generacional.
Las clases comenzaban a las siete y cuarto de la tarde y terminaban a las once de la noche. Duraban sólo cuarenta y cinco minutos cada una. Era la única manera de dar cinco asignaturas, en esas escasas horas. Sería por la corta duración o por la amenidad, una vez que se había podido escoger la opción deseada, de letras o de ciencias, que estas lecciones se hacían cortas, sin marcar demasiado cansancio entre los asistentes.
Otra cosa era el apetito. Salir a las once de clase con 16 o 17 años, con una última merienda a las seis y media, implicaba no cenar al llegar a casa: directamente se devoraba. Cosas de la edad. Los había que, bastante habitualmente, hacían sus novillos, “fugarse” se denominaba en ese espacio. Normalmente las “fugas” terminaban en la propia cafetería del Instituto, regentada por Dani y señora, matrimonio que llevó el bar varios años. Allí una bolsa de gusanitos o unos kikos de maíz, mitigaban el gusaneo estomacal de esas horas.
También estaban los profesionales de la fuga. Y, aunque eran pocos, casi siempre las perpetraban los mismos, sentados en invierno en la cafetería y en primavera en los escalones de acceso al polideportivo, a esas horas ruidosamente ocupado por la liga de fútbol sala.
Estos “fugados”, acababan atrayendo a otros amigos matriculados en el turno de día o trabajadores, quienes, tras acabar su turno, hallaban en este lugar un sitio donde coincidir con amiguetes en día de diario, tomar alguna cerveza o simplemente hablar de motos, fútbol o chicas. Alguno había que hablaba de pesca, de las pardillas que había capturado en La Charca. También se reunía algún corro de muchachas, aunque seguro que en estos las conversaciones giraban hacia temas bien diferentes.
Hoy, sigue existiendo esta opción para cursar los estudios secundarios y bachilleres. Seguro que también tendrán sus vivencias, sus aspiraciones y sus dudas. En ocasiones se ven, entrada la noche, a grupos de chicos y chicas sentados en los bancos exteriores al centro. Parece que los tiempos cambian pero algunas costumbres continúan.
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