Lunes 21  de  Mayo   de  2012

Tomás Acosta: Cambio de yunta


 

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Tomás Acosta

Montaban mulas de muchos años. Hace bastante que tenían que haberlas cambiado, pero entre los malos años y los gastos inesperados, como el del derrumbe de las cuadras, no era cosa de mudarlas por otras jóvenes. Un tratante, gruesa panza y ancho bigote, viejo conocido y casi amigo, si no fuera por los lances de los negocios, se había ofrecido a quedarse con las viejas:

?    Me pagáis la diferencia y ya se las colaré yo a quien no pueda pagar otra cosa-les había ofrecido el gordo, como favor.

Aseguraba que a tratos asín les perdía dinero, y que si su mismo hermano le prestaba los bichos para largarlos, pues bueno, pero quedarse con ellos en firme, que nanai de la china:

?    Os veo tan necesitados de bestias nuevas, y sois gente tan “honrá”, que os hago un favor asín, que no lo hago ni en familia.

Pero tampoco les salían las cuentas. Si acaso pagar la diferencia a plazos, según fueran cosechando. Si había que comer chuscos duros y tocino, pues se conformaba al estómago con lo que fuera, pero con las cosas de trabajar no se juega.

Salieron a ver al prestamista, un viejo lobo de Almendralejo, un martes a las seis de la mañana. Aún los grillos cantaban enloquecidos por el celo. El camino iba tranquilo, solitario, algún muchacho nuevo montado en su asno cruzaba la estrecha senda para pasar de una finca a otra. La época de la cosecha había pasado y la calor del mediodía no era buena para menearse de un lado a otro, ni era cosa de tenerla de compañera de viaje para no poder levantar un palo al día siguiente.

Llegaron a Almendralejo como a últimas de la mañana. Conforme se acercaban a la plaza vieron la puerta de una iglesia abierta. Piadosos fieles como eran, fueron a pedirle al Señor y a la Virgen de la Piedad que les ayudara. Era mucha la ayuda que necesitaban del Cielo. Y más alto que se les iba a poner cuando hablaran con el usurero:

?    Me quedo con la finca en hipoteca. Por los dos mil tenéis que devolver el año que viene tres  mil quinientos más los gastos del notario. En caso contrario, me quedo con la finca.

Salieron de la casa del prestamista desesperanzados, rotos. Quedaron en darle una respuesta en pocos días pero la opinión de los dos hermanos era no aceptar el trato. Para eso preferían vender la finca por mucho más y se ponían de arrendatarios o aparceros de mucho más terreno y unas mulas frescas y trabajadoras de primera.

Entraron a tomar un te bravío con aguardiente en un taberna en forma de tunel, llena a esas horas de personal que consumía el tinto en medios y a vasitos. Al fondo reconocieron una silueta, un gran corpachón, que les produjo desde el principio un cambio en sus ánimos. No es que fuera regocijante verlo allí, pero estando fuera de casa, y después de tamaño chasco, ver al corredor de ganado allí, entre el humo de la picadura que fumaban los paisanos, y el olor a mosca vinatera, les produjo una común, y extraña, sensación de alivio.

-¡Conque el payo quiere quedarse con la finca por cuatro perras!-ladró el gordo después de que los hermanos le confesaran lo que les había llevado a la ciudad-mira, para eso hago un arreglo con vosotros: Si me lleváis gratis, las faneguinas que tengo lindando con la finca de Sebastián, la que por poniente linda con vosotros, os dejo el pago de lo que difiere el trato a pagar mientras me la trabajais.

Los hermanos no se creían lo que habían oído, satisfechos abarcaron al orondo amigo en un mutuo abrazo. Un suspiro de alivio se le escapó al mayor mientras sacudía su boina y el otro  pedía tres tintos.




















Tomás Acosta: Cambio de yunta

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