Lunes 21  de  Mayo   de  2012

Tomás Acosta: Pandilla atlética


 

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Tomás Acosta

Verlos saltar el seto era un verdadero espectáculo. Cuando se es tan joven los juegos más arriesgados nos parecen de una facilidad pasmosa. Podían pasar perfectamente por la puerta. Ese modesto arco de metal que franqueaba el acceso principal del parque. Pero preferían saltar el macizo de aligustre. En cierta ocasión, estando en la piscina, iban escalonando sus alturas en el bordillo para que otro lo saltara. De allí salieron dos atletas. Uno saltador de altura de la escuela municipal y otro Pedrín, más bajito, fue el que se descubrió como magnífico en gimnasia artística.

Volviendo al seto de aligustre que circundaba el parque, éste era de una altura asequible para ellos, superando por poco el metro de altura. Pero hacerlo así, de parado, delante de las chicas a las que deseaban epatar con sus trapisondas, tenía una cualidad especial, de tarde de alivio vacacional y un poco de chulería adolescente. También tiene su mérito.

Compartir luego entre todos un par de limones naturales del kiosko, sorbiendo a la vez con cinco pajitas los vasos de tubos que sufrían su transformación de color, peso, volumen y casi de forma, en escasos segundos. Al final, todos muertos de risa y aliviados de sed y los vasos, sanos y salvos en la barra.

A esto iba atardeciendo y comenzaba a plantearse la subida a la Puerta de la Villa, Rambla arriba, con parada en el parque infantil. Algún chusco duro otorgado graciosamente por el kiosko del parque y torcido en migas para deleitar a los patitos del estanque y disfrutar con los saltos y andares de las anátidas, que ya decían en Almendralejo, tan cerca de nuestra ciudad aquello de “vives mejor que los patitos de la Piedad”. Pues aquí igual que allí pero en nuestro viejo y empinado arrabal.

La Rambla, viejo rabal extramuros, se estaba convirtiendo en la segunda mitad del siglo XX en la zona residencial más cotizada, tan cerca del centro y tan verde con su parque y sus pequeños parterres cercanos, hasta convertirse el centro de la misma en un pulmonar parque infantil, verde para todos los emeritenses y lugar de juego y de guerrilla de pedreas de todos los niños de la ciudad.

Para patinar un cuadrilátero muy cotizado en el que rodar con aquellos Sancheski de dos pies o más tarde en el monopatín. Los de pie, aquellos totalmente metálicos salvo en las ruedas y las correas de cuero natural, creo que son ya pieza de museo. En general aquellos ingenios de cuatro ruedas daban la suficiente estabilidad para que los novatos disfrutaran en el sitio aquel de las rodadas infantiles.

Continuaba la subida hasta el reloj de la Villa. Allí, junto a la recién puesta estatua de homenaje a Mélida, y tras refrescarse de nuevo en la fuente de la Cruz, comenzaba la última charla antes de irse a casa y uno de los saltadores compraba en el puesto de golosinas, suelto como un torero en la arena, un cigarrillo rubio, y comenzaba la edad del pavo con humos, malos humos para la salud.

Después, tras los consejos de los entrenadores y compañeros, se abandonarían los malos hábitos hasta pillar, ya en edad adulta costumbres poco sanas que harían disipar las tallas de ropa hacia arriba y transformaría definitivamente la silueta del individuo. Pero mientras, cuando las necesidades nutricias del crecimiento y las hormonas propias de la edad consumieran todo lo que no se tragaba el deporte, aprovecharían la agilidad de esos años que no volverían, pero que quedarían para siempre frescos, alegres y chispeantes en la memoria de todos.














Tomás Acosta: Pandilla atlética

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