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Actualidad Extremadura | Viernes, 18 de Marzo de 2011 12:56 | Tomás Acosta

Era una persona cabal y equilibrada. Un hombre tímido que había usado durante años su lápiz para retratar silenciosamente todo cuanto pasaba ante sus ojos. En su círculo íntimo le habían aconsejado que se cambiase a la pintura cuanto antes. Su modestia innata, sin embargo, le empujó durante mucho tiempo en la dirección opuesta, manteniendo celosamente guardado su talento. Acababa su jornada laboral a media mañana, cuando terminaba su trabajo como panadero. Una vida marcada por los madrugones y la harina, dedicada a la fabricación del elemento básico y cotidiano de todas las mesas. Nada más llegar a casa, y sin pasar siquiera por la cocina del desayuno, se acostaba hasta la hora del almuerzo.
Justo después de comer, y tras beberse precipitadamente un café, nuestro protagonista entraba en su abigarrado altillo, igual en superficie a toda la planta de la casa. Allí comenzó a mezclar colores aceitosos en una paleta que le había cortado con cariño su padre, un ferroviario jubilado, prendado de las manualidades con madera. Nada más subir, en ese espacio oculto a los ojos de los demás, se esparcían decenas de obras pintadas al óleo, con los colores y el olor propio de la técnica brillosa. Bajo el tejado de cañizo típico de los polvorientos desvanes de las casas populares en los municipios de Extremadura, y acompañado del arrullo de las palomas, nuestro pintor hurtaba al público en general los alegres espacios que plasmaba en los lienzos.
Cuando concluía su tarea pictórica, cenaba frugalmente y cambiaba la bata de pintor por el mono de trabajo. Al inicio de la madrugada, comenzaba de nuevo a acarrear sacos, cargar las tolvas con harina y mezclar la masa con levadura. Empezaba el ciclo de fabricación otra vez. A la hora del bocadillo, o cuando tenía que esperar a que una máquina acabase un proceso antes de pasar a otra tarea, repasaba mentalmente las obras en la que estaba inmerso, pues acostumbraba a realizar dos, tres y hasta cuatro cuadros a la vez. Ajustaba de memoria luces, formas y colores y pensaba en nuevos temas que pasar a la tela.
Estaba pensando seriamente dedicar durante unos años menos tiempo a su modesto estudio y ocupar ese tiempo para graduarse en la Escuela de Arte. Contaba ya con treinta y ocho años, una edad en la que no se consideraba ni viejo ni joven. La ilusión por adquirir nuevos conocimientos y las ganas de trabajar en algo diferente lo empujaban a orientar su vida en una nueva dirección.
Tal vez algún día pudiera enseñar a los demás como captar la luz de la dehesa extremeña. O como recoger el momento en el que un chiquillo disfruta con una manzana o un viejo con una tajada de melón. Podría explicar a la gente que se siente plasmando, casi poniendo vida sobre un lienzo, que para él nunca estaba en blanco sino en estado de paciente espera.
Contaba con una ventaja fundamental para sus objetivos. Y es que después de tanto tiempo, primero con el lápiz y la sanguina y después con los pinceles, había plasmado las mejores visiones de hermosos olivares, centenarias encinas y pacíficas dehesas bañadas por el sol o con sus pastos mojados, bellas rapaces y animales domésticos o personas de toda edad y configuración. Tenía una colección de arte modesto, pero basada en Extremadura, para él la tierra más bella del mundo.
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