Actualidad Extremadura | Lunes, 18 de Abril de 2011 08:02 | Tomás Acosta

Pasaban largas horas en aquel espacio. Se trataba de un cuarto, de dimensiones reducidas pero con balcón a la calle. Detalles a tener en cuenta en una casa de ese tamaño y distribución. Allí pasaban las tardes, madre e hijo, ella con sus manualidades textiles y él enfrascado en sus libros, más con delectación y gusto que decididamente por obligación de universitario. El padre, un agricultor mediano, había fallecido repentinamente a lomos de su tractor. Cincuenta y cuatro años contaba cuando le falló el corazón inesperadamente. Su cabalgadura mecánica continúo a ralentí durante cinco largas horas, tras las cuales, y por la preocupación de la esposa, el joven estudiante acudió a ver que pasaba, para descubrirlo en tan penosa postura, con la vida ya lejos de su robusto cuerpo.
Tras el suceso, el duelo, y tras el duelo las cuentas. El chico no manifestaba una verdadera vocación agraria, estaba en primero de Filología Inglesa, y consecuentemente quería continuar su carrera. Soñaba con ser docente. La madre, por su parte, no quería saber nada de arriendos, aparcerías o cualquier otro arreglo que pudiera hacer de las tierras un continuo en la propiedad. Decidieron vender. Era lo mejor, dadas las circunstancias.
Y, así, de ese modo tan accidental, se convirtieron en cuentacorrentistas. Dio la casualidad, de que el vecino de finca era un conocido agricultor, dedicado al duro oficio de sol y tierra desde la infancia. Dos bueyes en yugo, habían precedido los pacientes pasos de sus antepasados durante varias generaciones, sobre esa misma superficie. El campo era su vida.
Enseguida se pusieron de acuerdo. La viuda, permanentemente acompañada de sus hijos, (el mayor residía en Madrid, trabajando de abogado), negoció rápidamente con el nuevo propietario para llegar a un justo acuerdo, y ante el notario, cambiaron sudor, polvo y simientes por algunos miles de euros.
La enorme casa de labranza circundaba un enorme patio interior. Había servido durante décadas para recoger las caballerías (aún conservaban las paredes los aros, ya oxidados, de atar a las bestias de labor) y más tarde los monstruos mecánicos que sustituyeron a los animales en su trabajo. Ahora, un par de canastas de baloncesto, una rueda de carro y otra de molino, granito duro que había aplastado tantas aceitunas, y algunos cacharros viejos moraban en el ancho espacio.
Dentro de la casa, la señora continuaba afanada en su labor de tricotar y el mozo, al otro lado de la mesa camilla, aplicaba una concentración máxima a su manual de la Universidad a Distancia.
En un momento determinado sonó el teléfono. Era el hermano residente en Madrid. Confirmaba con su llamada la fecha del bautizo del segundo de sus hijos. Unos veinte minutos mantuvo la amorosa madre la cercanía de la voz, a través del inalámbrico. Preguntó por cada uno de los cuatro miembros de la familia madrileña. Compartió unos minutitos de dulce cortesía con su nuera, y terminó confirmando el viaje a Madrid para el evento familiar.
El universitario, levantó los ojos del texto, nada más acabar su madre la comunicación. Con cara de estar todavía en otro mundo, le preguntó
? Voy a hacer el cafelito ¿quieres?- preguntó mirándo el plano completo de su madre que colocaba el telefonillo en la base.
? Vale hijo, poco cargado, y bien colado joío, que siempre me lo traes con posos.
? Bueno, voy calentando el agua del puchero-contestó con la cara de un pillo al que acaban de recriminar su mala conducta.
El agua hirvió, vertió las dos cucharadas en el liquido cociendo y una nube aromática e invisible inundó los pasillos, dormitorios, baños y la sala de la casa, como tantas otras tardes.
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