Lunes 21  de  Mayo   de  2012

Tomás Acosta: Aquella Mérida industrial


 

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Tomás Acosta

Mérida, primeros años 70. Aquellos tres niños jugaban junto a la vía del tren, sentados en un montón de tornillos latonados los cuales, a pesar de estar cubiertos de polvo, contrastaban en brillo con sus hermanos ennegrecidos que daban pacientemente sujección a las traviesas. Aquellos chicos tomaban con osadía la obligación de inventar nuevas y peligrosas travesuras entre los raíles, para olvidar que el único que tenía balón - una pelota que le tiraron los Reyes Magos desde la carroza de Nuevo Bazar- no había acudido esa tarde a la cita.

Al fondo un chófer escucha la radio dentro de un Pegaso, y las notas de Hotel California ( welcome to the Hoootel Caaalifornia... ) se confunden con el espeso ralentí de un motor de gasoil con muchos ardores y, más allá, en las naves del Matadero la gente trabaja ordenadamente, como personajes de una zarzuela, con el orden y el ritmo necesario, ni más ni menos.
Los obreros se mueven entre latas de tomate frito y las paletizadoras portan cajas de magro y paté. En otra nave las canales y las piezas de los animales esperan pacientemente que les llegue el turno del desecado o la transformación, como aspirantes gelatinosos ante un tribunal de oposiciones. Los jamones y los cuartos aguardan el momento de convertirse en participantes de una mesa en la que no estarán de invitados, sino de víveres que rivalizarán con Mariano Medina, en captar la atención de los modestos comensales.
Cientos de personas llegarán por la mañana para relevar a los que, cansinamente acaban el turno de noche, donde el termo de café y los celtas no funcionan contra la mala cara y ni el mas refinado de los tintes podría mejorar el aspecto de los antebrazos, nervudos y atisvando bajo el mono arremangado su tono níveo.
En esta Mérida de los 70, hasta el equipo de futbol se denominaba Mérida Industrial y las sirenas de la corchera convocaban a cientos de personas que competían en un rutinario y urbano hormigueo con los que acudían a hacer lo propio - aún con la escarcha a salvo del sol que empezaba a asomar por los centenarios olivares del desmonte- a Hilaturas, El Aguila, Rumianca y muchas otras.
Y, aquí estamos querido lector, viendonos a través de una línea de adsl - la fibra óptica tendrá que esperar - abriendo nostálgicos esta capsula del tiempo, de una Mérida que era fábrica de todo-sin renunciar a sus sueños capitalinos- y donde era posible comprar desde unos vaqueros hasta una botella de gaseosa producidos en la ciudad.
Aquí estamos pues, dando las gracias a quien corresponda de que esta ciudad, tenga hoy un reconocimiento cultural de primer orden en todo el planeta y una organización administrativa al servicio de toda la autonomía. Mientras quedamos a la espera de  tiempos mejores en lo industrial, que hasta la Panasonic ha anunciado un ERE de 40.000 despidos.

Tomás Acosta: Aquella Mérida industrial

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