Actualidad Extremadura | Viernes, 13 de Mayo de 2011 11:01 | Tomás Acosta

Es probable que significara poco para él. Pero aquellos años, viviendo en un hostalito de tarifa plana, y compaginando estudios y trabajo, aquel tiempo de vía estrecha, significó un periodo de estabilidad, esfuerzo e ilusiones. Pasaba largas horas en su habitación. Tan sólo una cama, un diminuto armario empotrado, un lavabo de los años de Maricastaña y un mesa camilla monoplaza poblaban como mobiliario la estancia. Allí ensayaba con su clarinete horas y horas. Aprovechaba los momentos del día en el que el hostal estaba desierto para trabajar duro su oficio, que era también su afición y su obligación académica.
Todo el tiempo que no pasaba en el conservatorio o trabajando, lo ocupaba en ensayar sus partituras, ya memorizadas, mirando como hipnotizado la pared de su alcoba. La moqueta que la cubría, que en un momento fue beige, había adquirido un tono mucho más indefinido, tal vez marrón, en el que se apreciaban zonas de aún mayor oscuridad, resultado de la humedad típica de esas viviendas del casco antiguo.
Por lo demás la pensión estaba bien. Situada en una zona tranquila, con poco trasiego de huéspedes y muy cerca de sus dos lugares obligados: el conservatorio y el pub donde trabajaba.
Su lugar de trabajo era un establecimiento de solera, pero recién reformado. La nueva barra, de madera de teca, y la capa de pintura que había rejuvenecido sus paredes, no habían restado un ápice de su sabor y señorío. Allí, años atrás, habían pasado largas horas Orson Welles, Hemingway, Gary Cooper, Paco Rabal, Lola Flores y toda una legión de toreros, intelectuales y paisanos sin oficio, pero imprescindibles contertulios en las reuniones de artistas y pensadores.
Conservaba el lugar, después de varias décadas, el cajón donde guardaba el limpia sus enseres de trabajo. Ahora era un vallecano simpático y enjuto, payo para más señas. Pero, en cambio, menos amplia la plantilla de clientes que, en otros tiempos, lustraron sus calzados, pobres y ricos, clientes todos de ese lugar tan british, tan español también.
No había quedado más remedio que despedir al pianista. La afluencia de clientela se había resentido, y pensaron en contactar con otro músico que hiciera el trabajo por menos dinero. Fue precisamente a través de un profesor del conservatorio, fiel consumidor del bar, como se entrevistaron con nuestro protagonista.
Como pianista no era un prodigio. Pero podía valer. Interpretaba decentemente una docena de temas a las teclas. En los primeros años de estudios, había tomado algunas clases de piano, a la vez que descubría su verdadera vocación en los instrumentos de viento. Además, contaba con el aliciente de poder dar, como Woody Allen cada semana en su local preferido, algunos recitales con su clarinete, en el que sí era un verdadero virtuoso.
Había pasado tanto tiempo... Ahora, terminados sus estudios, continuaba siendo un compulso instrumentista que ensayaba una y otra vez sus partituras para no dar lugar a ningún error. Nunca estaba contento con su ejecución. Necesitaba más, necesitaba la perfección. En su orquesta, una sinfónica patrocinada por una fundación privada, tenía fama de puntilloso, tal vez con poco alma en su ejecución para ser solista, pero perfecto en su ejecución.
Ahora era un profesor de una prestigiosa orquesta, un intérprete respetado y un esposo y padre dichoso y fiel. Sin embargo, en los días de feliz nostalgia, cuando en el final de la primavera observaba por la ventana los nubarrones que anuncian las primeras tormentas veraniegas, recordaba que nunca volvería a ser aquel estudiante obsesionado que ensayaba su instrumento ante las feas paredes del hostal.
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