Actualidad Extremadura | Domingo, 22 de Mayo de 2011 15:18 | Tomás Acosta

Despertarme y ponerme ante la mesa a desayunar es todo en uno. Hay quien lo primero que hace es calentar un café, encender un cigarrillo y ponerse ante el televisor a enterarse de las noticias. Las noticias son aburridas. Sobre todo por la mañana. Lo único que hacen es informarnos de la pre-apertura de la bolsa y repasar lo que ya sabíamos por la noche, antes de acostarnos. Otros no llegan a terminar el café y salen corriendo al baño a cumplir con la llamada de la naturaleza. Mayores y menores, las aguas excretadas alivian el cuerpo, que comienza a sentirse optimista. También hay quien corre a la ducha, para hacer luego lo que sea pero ya despejado y despierto del todo. Esos suelen poner la radio, tal vez para acentuar con el vinagre de las tertulias mañaneras el efecto tonificante del agua tibia.
Para mí, en cambio, lo primero es desayunar. Lo demás que espere. Mientras sorbo el cafelito y mastico algún derivado de la harina, sea pan o magdalena, esponjosa o triste, según los casos. Sí que pongo la radio mientras, creo que por eso luego tengo algunos ardores.
Como hace tres años cumplí la edad para jubilarme, disfruto de mi situación. Soy un emérito que utilizo mi tiempo como quiero. Mi situación de soltero me exime de llevar nietos al cole, acompañar a la esposa a la compra o solucionar papeleo de hijos.
Lo primero, tras el desayuno es plantarme el chándal. En este tiempo, unas veces me pongo el conjunto completo y otras sólo el pantalón, completando el equipo pedestre con las zapatillas y la camisa del día anterior. Por pura comodidad. Así no mancho más, y por tanto lavo menos.
Diez o doce kilómetros me suelo cargar en cada ocasión. No hay lugar para el aburrimiento para un paseante en una ciudad como esta. Por proximidad comienzo con la zona centro. A esas horas aún está el camión de la basura asistiendo la calle Santa Eulalia. Idas y venidas de gente al trabajo o al desayuno. También personal (sobre todo autónomos y empresarios) que acuden como primeros clientes a los bancos. Y poco más. Bueno si, algún que otro paseante como yo que comienza o termina su ejercicio.
Después atravieso la Plaza de España. El espectáculo de tranquilidad es parecido. Es como el pequeño temblor que precede a la erupción de un volcán. Cuando en unas pocas horas los quioscos estén llenos, y los parroquianos consuman su tiempo y sus cafés, o más tarde sus cervezas y sus vinos, en el sitio habitual, la paz que se vive a esta hora, cuando todavía alguna manguera repasa el granítico suelo, será un placentero y repetido recuerdo.
Me enfrento a la Calle del Puente, estrecha acera que desemboca en una plaza-fuente, donde más de dos veces hemos visto celebraciones futbolísticas. Remata arriba, el pasillo de chorros, una copia del Dintel de los Ríos, el Anas presidiendo la cuesta, mientras vierte su cortina artificial, mira de reojo el Parque de las Méridas del mundo, fachada del Alcazaba árabe.
A estas horas el aire huele limpio y húmedo. La proximidad del río, toda la vegetación que lo circunda, la cascada y los chorros verticales de la fuente, me dan un empujón emocional para continuar el paseo con buen rollito y con el cuerpo entonado.
Cada calle, cada rincón
no hay corazón que no abrace
del alma hasta el talón
esta ciudad que me late
He encontrado este verso tirado en el suelo. Lo he visto caer plegado, posado ya mi pie en los irregulares adoquines del Puente Romano, de la mochila de un turista. Más bien parece un peregrino. Se lo voy a devolver. Pero, primero, mientras atravieso el Genitor Urbis detrás de él, voy a tratar de memorizarlo
(continuará)
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