Actualidad Extremadura | Lunes, 30 de Mayo de 2011 09:40 | Tomás Acosta

Ahora mismo, cuando me voy alejando del gran edificio de Morerías y del Alcazaba, y me voy adentrando por el puente, me acerco a un objetivo minúsculo, a una conversación fugaz, casi una disculpa, con el propietario de esa nota. Ese agradable cosquilleo en la planta de los pies, merced a la irregularidad del pavimento, y en el pecho, pendiente del raro encuentro con el viajero, hacen que mi paso se agite y alcance antes de lo que pensaba a mi presa, − Buenos días-saludo en voz baja, casi susurrando cuando llego a su altura
− Muy bueno tenga usted,-responde él con un tono mucho más firme. Su voz denota un conocimiento medio-alto de la lengua castellana, aunque no puede ocultar un intenso acento centro europeo.
− Veo que viene de fuera, ¿puedo ayudarle en algo?
− No, gracias amigo. Vengo haciendo el camino desde Sevilla. Quedé tan cautivado anoche cuando crucé este puente en la dirección contraria que me ha apetecido esta mañana volver a repetir el paseo. Con menos equipaje, por supuesto...
− Le felicito por su decisión, además sepa usted que “cada calle, cada rincón, no hay corazón que no abrace...”
Me interrumpe con una estridente carcajada, aguda, chillona. Mientras se lleva la mano a una cremallera abierta de la pequeña mochila.
− Míiii amigo-me dice con una sonrisa confidente- eres un “ladgon” de lo más exquisito. Te has quedado con lo mejor.
Entre risas comunes, le explico como me he hecho de la nota. Le explico que he visto como caía y me he decidido a abordarle sólo para devolvérsela. Me lo agradece calurosamente y sigue caminando a paso ligero con la cabeza levemente inclinada hacia abajo, gesto que acojo como una despedida.
Cuando me hago cargo de mi situación, veo que mi paseo casi no ha evolucionado. Estoy a la altura del descendedero. Por allí se bajaba antiguamente a la Ermita de San Antonio, y más tarde fue de zona de mercado de ganado, el clásico rodeo donde se remataban los tratos vacunos y caballares.
Medito siempre por este puente. Medito mucho. Pienso en la cantidad de pasos que lo han cruzado, recuerdo como, en su fundación tenía un piso más incómodo pero también más vistoso: la típica calzada romana. Evoco los años en los que cruzaba montado en mi Vespa, sorteando el tráfico. Ahora que es peatonal me parece imposible que durante tantos años fuera una vía de doble dirección.
La vida de la ciudad, se ha nutrido durante veinte siglos de esta arteria casi exclusivamente. Los ánimos, las alegrías, las tristezas, las fiestas, los amores, los desencuentros, los negocios, las guerras, el turismo...todo en esta Mérida entraba por este paso secular.
Las adelfas de la isla me observan desde abajo, mientras una pareja de ornitólogos fotografían con unos enormes objetivos todos los vencejos, golondrinas, mirlos, gorriones, estorninos y cigüeñas que sobrevuelan el Guadiana.Esas adelfas han visto bajar a muchos novios. Los ojos secos del monumento han sido cobijo de discretos paseos entre parejas. También han empujado las carreras de muchos atletas, a los que ha servido de consuelo poder realizar su esfuerzo en medio de la belleza arquitectónica.
Jergones de uso familiar, ocupaban esos ojos hace pocas décadas. Cuando muchos no tenían hogar y pasaban sus días bajo las piedras del puente, sin plantearse siquiera tiempos mejores. Mientras pienso sobre todo esto llego al merendero, final del piso adoquinado y comienzo del Parque de las Siete Sillas. (continuará)
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