Lunes 21  de  Mayo   de  2012

Tomás Acosta: Paseo matinal III


 

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tomas acosta

¡Qué cosa más rara es el monumento de la picota! Cada vez que veo esa pequeña construcción de granito con forma humana me entra un pequeño escalofrío. Antes de entrar en el parque de las Siete Sillas, siento la tentación de sentarme en los peldaños que anteceden a esa especie de obelisco con brazos. Dicen los expertos que esa cosa significaba que Mérida tenía jurisdicción, que en la ciudad se podía administrar la justicia. ¡ Yo que siempre que me había imaginado a los pobres deudores amarrados al tronco de piedra, mientras una implacable helada o un abrasador “Lorenzo” machacaba sus voluntades! Me resisto a la tentación de la sentada y continúo mi camino. ¡Como me sabe todo a nuevo!. Este parque de las Siete Sillas, con su pequeño gimnasio callejero, su kiosko de música y sus siete extraños monolitos representando los siete asientos de los correspondientes siete reyes moros de la desmentida leyenda, es un espacio de lo menos común en esta Mérida. Refresca mucho el pasar entre tanta vegetación y los chorros que surgen del suelo de su fuente rectangular. Recuerdo, con agobio, como los chiquillos venían a este sitio a refrescarse cuando la ola de calor del 2003. Algunos, la mayoría, aprovechaban hasta el giratorio riego del césped para combatir el bochorno nocturno de aquella larga semana de viento africano.

Entro en el Puente Lusitania. A estas horas los usuarios de las líneas de autobús que vienen a Mérida, se mezclan con los habitantes de Nueva Ciudad que se dirigen al centro, o con los que paseamos por deporte. Santiago de Calatrava hizo todos los puentes casi iguales. Tiene su propio estilo y eso le salva. La verdad es que es un estilo que no ha envejecido, a pesar de estar repetido también en la Expo de Sevilla y en varias ciudades más.

El piso aquí es más firme y liso. Da gusto andar. Una patinadora esbelta va y viene por este suelo de cemento tratado y ligeramente curvo. Contemplo su forma de patinar y su energía física. Se ve que practica este deporte con frecuencia.

Termino el puente y ve la enorme estatua de Octavio Augusto. El César parece estar diciéndome:¡Ave paseante, aún te queda un gran trecho!. De repente, viene a mi mente el verso que llevaba en la mochila el peregrino de centroeuropa. ¿Quién lo habrá escrito?


Cada calle, cada rincón
no hay corazón que no abrace
del alma hasta el talón
esta ciudad que me late

No parece que sea obra de él mismo. Se manejaba bien en nuestra lengua, pero no me lo veo componiendo un verso, afinando el vocabulario para que rime. Seguramente se lo encontró escrito. Tal vez en un mantel de restaurante, obra de algún aficionado (¡eso salta a la vista!) que aprovechó la sobremesa para jugar un rato con las palabras. Quien sabe.

Entro en el paseo de Fernández López. Paso ante la cafetería y el parquecito infantil. Ante los columpios recuerdo que hoy es martes, día de mercadillo. Me daré una vueltita por allí. Casi nunca compro nada pero me gusta buscar una novedad diaria en mi ejercicio, y si hoy es día de mercadillo pues a él que me voy. Continuará

Tomás Acosta: Paseo matinal III

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