Lunes 21  de  Mayo   de  2012

Tomás Acosta: Paseo matinal IV


 

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Tomás Acosta

Pasar bajo el Puente de Hierro es una experiencia inquietante. Mezcla de admiración y canguelo. Décadas y décadas soportando monstruos mecánicos de gran tonelaje sin inmutarse, te hace pensar con asombro en los ingenieros, técnicos, obreros, políticos y proveedores que estuvieron detrás de esta obra. El miedo te lo da pensar en todo lo que ha soportado. Nada es eterno y siempre que paso por debajo de esa maraña de vigas y remaches me entra un cosquilleo magnífico en casi todo el cuerpo. Luego se me pasa. Un grupo de chiquillos aprovecha las vacaciones para pescar bajo el puentecillo de la desembocadura del Albarregas, donde padre e hijo, Anas y Barraecas, se abrazan. Echan sus cañas y capturan unos pececillos negros, al parecer una especie nueva cuyo nombre no soy capaz de recordar. Las cañas entran y salen del agua a una rapidez tremenda. En pocos minutos entra una nueva presa, se ve que son fáciles de pescar. Con gusano, creo. Pero el sol que ya sube por Oriente me castiga la nuca y, pese al buen rato que estoy pasando viendo disfrutar a estos chavales, ataviados con sencillas bermudas, camisetas publicitarias y chanclas, prosigo mi paseo.

Ya estoy en el ferial, vocinglera sede del mercadillo. Al cabo de varias semanas de pasearlo, casi todas son caras conocidas. Por supuesto las de los ambulantes. Payos y gitanos, vendiendo toda clase de productos. Pero también las de  los visitantes. Abundan las señoras de edad mediana rebuscando una ocasión con la que aviar una necesidad de forma más barata. Pero no es el único público que merodea por aquí. También están los curiosos, en grupo o en solitario como yo; hombres jóvenes que buscan unas zapatillas deportivas o una equipación futbolística de saldo; seres todos ansiosos de encontrar la ocasión de esta semana para escalar unos días más hasta final de mes, sin privarnos de demasiadas cosas.

Los mercados mediterráneos no tienen nada que ver con los del norte de Europa. Cuando estuve de emigrante, recuerdo que los mercadillos alemanes, además de no poder abrir todo el año por el clima eran más organizados. Allí no valía esto de poner cuatro hierros y dos toldos de rafia de cubierta. Cada puesto tenía su propia decoración temática y eran casitas prefabricadas en madera que pasaban el crudo invierno desmontadas en algún sitio, esperando a la primavera y a los tornillos   Allen. Pero eran más fríos, menos espontáneos. La vida en un evento de este tipo, aquí en España es un espectáculo auditivo impagable. Las voces de los vendedores y vendedoras te acompañan en todo momento transmitiéndote un sentimiento singular. Mezcla de alegría y necesidad. Con un tono aprendido desde pequeño que invita a comprar por simpatía y consideración. La venta convertida en  arte popular.

Me paro delante de un puesto de ropa. La verdad es que, personalmente, cubro mi necesidad de vestido con cuatro cosas. Pero me he fijado en los polos. Tienen buena pinta; no son de marca, claro, pero el precio no es malo, los colores normalitos y tienen bolsillo para poner el boli y el boleto de la bono loto. Me llevo un par de ellos. Lo malo es que el resto del paseo voy a tener el incordio de cargar con la bolsita de los cojones. Pero sarna con gusto no pica, y así lo he elegido yo.

Sigo haciendo la circunvalación completa del recinto. Bisutería, golosinas, gafas de sol, ropa, más ropa, cedés y dvd´s legales y de los otros, sábanas y mantelerías, frutas y verduras, artículos de plástico, tablas de planchar, calzados de todo tipo. Sin parar de andar me voy fijando en los puestos, en los más llenos y en los menos, que curiosamente también tienen buenos géneros. La gente es imprevisible en esto del comercio.

He decidido dar otra vuelta al mercadillo. Otra vueltita más y aquí termino mi deporte.  De paso me sentiré más acompañado en mi ejercicio. Lo malo es que de vez en cuando te encuentras con algún amigo o conocido a quien hace tiempo que no ves y te interrumpe unos minutos. Luego me enfrío y me cuesta más. Pero merece la pena correr el riesgo para hacer de mi paseo algo menos aburrido.


Tomás Acosta: Paseo matinal IV

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